Los atracadores atracados (o cuando te sale el tiro por la culata)

Como veremos a continuación, el declarado homenaje que hace Quentin Tarantino al travelling final de Ocean´s Eleven (La Cuadrilla de los 11) de Lewis Millestone (o del “Rat Pack”) en los títulos de crédito iniciales de su opera prima Reservoir Dogs, no es la única similitud entre ambas cintas.

Tanto Millestone como Tarantino, utilizan la escusa de un atraco, de casinos en Las Vegas el primero, de un banco en la América profunda el segundo, para contarnos una historia centrada totalmente en los personajes que la protagonizan. Reduciendo las escenas del atraco en sí a meras transiciones, y aportándonos perfectas muestras de los derroteros del cine americano en épocas antagónicas pero igual de relevantes para la historia del cine moderno.

La Cuadrilla de los 11, es una película de 1960, promovida y protagonizada por y para ese grupo de juerguistas que enamoraban en las pantallas y las radios desde mediados de los cincuenta. Esa “Panda de Ratas”, como cuenta la leyenda que les apodó su colega Lauren Bacall, una mañana mientras paseaba por un parque en Las Vegas y se encontró a un grupo de amigos suyos tirados al sol después de unas cuantas horas de fiesta desenfrenada. Aquéllos eran Frank Sinatra, Dean Martin, Peter Lawford, Sammy Davis Jr y Joey Bishop.

Todos ellos estaban triunfando para entonces en las pantallas y cada uno tenía su show por las noches en los casinos de Las Vegas. Siempre habían querido rodar juntos, y cuando llegó a sus manos la novela que supuso el origen del guión, encontraron la escusa perfecta para hacerlo sin moverse de casa. Los productores, a su vez, no dudaron en invertir en un film repleto de estrellas del Hollywood clásico.

Y es aquí donde empieza la controversia, ¿Hasta qué punto se puede hablar de éste como un film clásico? Rodado dentro de los cánones de producción de las mayors, con actores completamente representativos del star-system norteamericano clásico, y dirigida por un director que había rodado entonces algunas de las películas más emblemáticas del clasicismo e incluso anteriores, y varias veces galardonado con premios de la Academia, ¿porqué no afirmar de forma clara que efectivamente se trata de una perfecta muestra del cine clásico de Hollywood?

Son varios los puntos que me llevan a afirmar que tiene mucho de modernidad, y no precisamente porque crea que es seguidora de las películas que habían empezado a realizar los franceses de la Nouvelle Vague un año antes. Se trata, más bien, de una modernidad encontrada por estos tipos, evolución lógica de lo que se estaba haciendo en EEUU y fruto de las condiciones específicas de este proyecto personal y entre amigos.

Por ello es que empezamos a encontrar similitudes con la forma de producción más acorde con lo que entendemos hoy en día por cine moderno o modernidad. ¿No eran también los Godard y compañía un grupo de amigos y compañeros que disfrutaban haciendo cine? ¿No es cierto, a su vez, que uno de los aspectos más característicos del nuevo cine de los sesenta consistía en dar más importancia a los personajes que a la trama en sí misma? ¿No se aleja la modernidad de los guiones férreos y da más pie a cierta improvisación y frescura en las interpretaciones? La Cuadrilla de los 11 cumple todas estas características, y lo que lo diferencia de otros filmes origen de la modernidad, es que no lo hace de manera intencionada. En mi humilde opinión, les salió así. Lo cual, desde mi punto de vista, tiene cierto mérito.

Por supuesto, se trata de una historia lineal, donde se presenta a todos y cada uno de los personajes antes de iniciar la trama, que ocupa un pequeño porcentaje del metraje. El grueso del mismo es un vehículo para el mero lucimiento y disfrute de sus protagonistas, que se declaran así más modernos que el realizador, pretendiendo ser ellos eso que llamamos autores. Se improvisaban chistes y escenas enteras. Memorable la que comparten Dean Martin y una borracha Shirley MacLaine, que se escapó del rodaje de El apartamento para pasarlo bien con sus amigos, y que se convierte en el mejor cameo de los innumerables que aparecen a lo largo de la película.

También eran ellos los que decidían cuándo y quá cantar, y los que se llevaban a sus colegas y compañeros de banda para interpretar las canciones (como es el caso del número musical de los basureros, ya que se trata de los músicos habituales de Sammy Davis Jr).

Es perfectamente comparable el amor propio y la pretensión de hacerse notar de los Sinatra y compañía con la de los autores de la modernidad. Muestra perfecta de esto es esa maravillosa secuencia final y autorreferencial, donde vemos a la fabulosa cuadrilla ya mermada tras el funeral que ha acabado con los restos de uno de sus compañeros (el único que tenía una motivación moralmente incuestionable para participar en el atraco) y con el dinero del botín, paseando por una de las calles más emblemáticas de Las Vegas, serios y cabizbajos, pasando por delante de los carteles que anuncian sus propios shows en los diferentes casinos. A pesar de que esta película ha sido varias veces referenciada e incluso tiene un remake con diversas caracteríasticas comunes, hablo del film de Steven Soderberg Ocean´s Eleven que, como su predecesor, estaba igualmente plagado de estrellas; fue esta secuencia antes mencionada la que me llevó a compararla con la ópera prima de Quentin Tarantino: Reservoir Dogs.

Hablemos pues de Tarantino, hablemos de Postmodernidad.

Si comparamos esta imagen con la anterior (el cartel francés de Ocean´s 11), las similitudes se ven sin necesidad de un segundo vistazo. Y como dicen las definiciones más especializadas, si hay algo que caracteriza la postmodernidad, es que en ella, toda imagen remite a otra imagen.

Así, si en la secuencia final de La cuadrilla… los carteles que anunciaban los shows de los casinos nos referenciaban la realidad (los nombres de los actores que interpretaban a los protagonistas del film), en este caso nos referencia directamente una secuencia de ficción, que ya formaba parte entonces del imaginario cinematográfico general.

Si en nuestra primera opción, y como hemos dicho antes, lo importante eran los personajes que se lucían por los casinos y hoteles de Las Vegas, aquí no es menos el valor que da el autor a cada uno de sus protagonistas, perfectamente perfilados, caracterizados e interpretados por un elenco de estrellas, esta vez, del cine independiente. Lo que diferencia a ambas es la manera de presentarlos, así como el orden de los acontecimientos.

La primera secuencia de Tarantino, esa maravillosa divagación acerca de que habla la famosa canción de Madonna “Like a Virgin” (más referencias a una cultura, que no a una realidad, más postmodernidad); se podría equiparar al primer encuentro de la pandilla de Ocean en la casa del mafioso alrededor de un billar. Con la gran diferencia de que la antigua se produce en el minuto 45, tras haber presentado a todos los personajes que van a participar en el plan, y la nueva empieza antes de que desaparezca el negro del título inicial. De este modo, Quentin va presentándonos a los personajes conforme avanza la trama, además de utilizar varios saltos en el tiempo adelante y atrás.

A su vez, Millestone hace más sencillo el plan y lo explica antes de pasar a la acción. El plan de Tarantino no es mucho más complicado, pero utiliza ese montaje alterno y “desordenado”, para acabar con la fórmula caduca del Rat Pack. Administrando así la información de una manera impensable en los sesenta.

Quizás sea lo que mueve la trama, la mayor diferencia temática, que no formal. En tiempos de la cuadrilla había que justificar la motivación que llevaba a unos señores a cometer un atraco. En los momentos que vivimos, eso ha dejado de importarnos, ahora hay que centrarse en destapar quién es el espía que puede delatarnos. Supongo que es una buena muestra de lo que han cambiado las cosas, no solo en el cine, si no en la sociedad. Será por eso que unos tienen que taparse los ojos tras unas gafas negras y pueden actuar a plena luz del día, y otros, más pudorosos, prescindían de la iluminación de toda Las Vegas en nochevieja.

Es curioso descubrir que, a pesar de todo, no dejan de contarnos historias tan similares, y presentarnos a personajes éticamente tan despreciables y a su vez tan simpáticos mediante los mismos medios: unos buenos diálogos, improvisados unos, perfectamente compuestos y escritos los otros, así como dejando patentes sus gustos musicales, cantando o escuchando y opinando (mucha más postmodernidad).

Al fin y al cabo, son perdedores que se han visto por un momento en la cumbre para despeñarse con todo el equipo. ¿A quién no le ha salido nunca el tiro por la culata?

Guillermo Chapa

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